martes, 2 de diciembre de 2014

Algunas apreciaciones sobre consentimiento y la incomprensión a las mujeres

Shia LaBeouf es un actor estadounidense de cierto renombre en Hollywood. Recientemente declaró en una entrevista que fue violado por una mujer mientras efectuaba una performance pública. La performance consistía en estar sentado en medio de un recinto pequeño con una bolsa en la cabeza. En la bolsa había una inscripción que rezaba “Ya no soy famoso”. En el recinto además había una mesa con diversos artefactos disponibles para los que ingresaban, performance que emulaba en cierta forma a Ritmo 0 de Marina Abramovic. La mujer ingresó y luego de azotar por 10 minutos al actor, le bajó los pantalones y procedió a tener sexo con él.

Esto disparó en las redes un debate intenso y acalorado acerca de los procedimientos, costumbres y paradigmas imperantes en la cultura moderna occidental respecto a qué separa una violación del sexo consentido.  Las interrogantes que surgen son: “si estaba con las manos libres ¿por qué no se defendió?”, “¿por qué no dijo que no?”.

Paralelamente, el estado de California (EEUU) puso en rigor una norma en la que las universidades que pretendan recibir fondos públicos debían implementar una política reguladora de las actividades sexuales que desarrollasen sus estudiantes. Esta norma hace general una política que ya había implementada en forma pionera por dos universidades del mismo estado, en la que se define al “consentimiento afirmativo” como a aquella expresión de aprobación en la que debe existir una “decisión afirmativa, no ambigua y consciente de parte de cada participante en desarrollar una actividad sexual mutuamente acordada”, y que debe ser “permanente” a lo largo del desarrollo de la actividad.


No, pero sí...

Históricamente el paradigma imperante implicaba el “no es no”, es decir, lo que definía la violación era pasar por alto la negación explícita de una parte y forzarla a tener sexo. 

Una buena parte de la culpa de las violaciones bajo este paradigma la tiene el mito de que la mujer dice que no cuando en realidad sí lo desea. Esta percepción parece estar fundamentada en la manera en que el sexo masculino interpreta el comportamiento de las mujeres. De acuerdo a los comentarios que hace C. Muehlenhard en su estudio, los hombres tienden más a considerar “sugerentes” a ciertos comportamientos femeninos. Esto es,  en el caso del estudio, cuando una mujer le invita a salir, cuando accede a una invitación a ver una película o cuando el hombre le paga entradas para un concierto. Y estas percepciones no son tan descabelladas, después de todo es un comportamiento bastante generalizable el que las mujeres no sean explícitas a la hora de demostrar que le gusta un chico.


Doble rasero

Buena parte de esto tiene la culpa la cultura patriarcal que heredamos, que sigue la lógica de que los hombres deben tener más libertad sexual que las mujeres. No falta el iluso (o la ilusa) que se queja de que las cosas vayan liberándose a medida que pasa el tiempo, bajo la idea de que antes era todo más bello porque la conquista “era un juego bello” que exigía esfuerzo, que porque “había lugar para la imaginación” y que hoy ya no porque las mujeres andan "destapadas". Incluso una idea más generalizada es la de que “las mujeres que se conquistan fácil, tienen menor valía”, idea combo con la virginidad, bajo la premisa de que no hacer nada vale más que la experiencia activa. Está claro que nadie preferiría un novato antes que a una persona experimentada para efectuar una cirugía, sin embargo se valora más una mujer que nunca tuvo sexo a una con cierta experiencia, o se valora más a una mujer que rechaza o dificulta el cortejo de un hombre que a una mujer que se "entrega a la primera". Es decir, valoran más la autorrepresión sexual, e ignoran que cuando hay que remarla es después de la “conquista”.


Costumbres generalizadas

Es por esto que la figura del consentimiento para el sexo se vuelve, cuanto menos, difusa. Nuevamente apelo a Muehlenhard, que en 1991 consultó, siguiendo una línea de investigación, a 403 mujeres lo siguiente: a) si alguna vez en sus vidas habían rechazado un ofrecimiento sexual cuando en realidad sí lo querían; b) si estando en la misma situación expresaron abiertamente su voluntad de tener sexo. 

El resultado es notable: 37,2% de las mujeres dijeron que habían negado una propuesta sexual aun queriéndola. La razón que deja entrever el estudio es por la reticencia de estas mujeres a ser juzgadas como “fáciles” o “putas”. Este porcentaje se alinea con estudios anteriores citados en el mismo trabajo. Sin embargo, entre las mujeres que lo quisieron, solamente un 36% terminó teniendo sexo por diversas razones. El 64% restante, no.

Aquí nuevamente el detalle es lo que interesa, y es que de entre las mujeres que terminaron teniendo sexo a pesar del rechazo, el 46,5% de los hombres continuaron con sus avances sexuales a pesar de que la mujer jamás dio su consentimiento, más allá de quererlo.

¿Podríamos decir que una negativa explícita significa no consentimiento? Está claro que en la realidad sucede que hay mujeres que quieren tener sexo pero verbalizan una negación. Me parece adecuado que el criterio que define una violación, desde un punto de vista ideal, es el del avasallamiento de la voluntad de las personas, más allá de la negativa, que en última instancia no es correcta o es ambigua.

Sin embargo, no disponemos de máquinas o poderes especiales para determinar qué sucede en la cabeza de una mujer, o de nadie, por lo tanto, la mejor partida es respetar las expresiones de rechazo. Es mejor dejar a una mujer insatisfecha que traumada, es mejor arriesgarse a parecer poco avezado a ser recordado, cuanto menos, como violador.

Es más, la inmensa mayoría de mujeres (63%) dijo que siempre que dijo no, era no. Y el 37% restante declararó que cuando dijeron que no pero significaban sí, lo hicieron de manera MUY infrecuente. Esto ayuda a despejar algunas dudas. Y también les sirve a aquellos que se quejan de “no comprender a las mujeres”. Repito, los hombres tienden a sugestionarse con manifestaciones de amabilidad, amistad, cariño y afecto que no implican necesariamente que haya una atracción sexual o afectiva (Me consta que esto último no se lo creen incluso algunas mujeres, más aún si esas demostraciones son de otras mujeres hacia sus parejas).


“Sí es sí”

Visto todo lo anterior, está claro que es interesante adoptar como ética personal la propuesta californiana. Pero me cuesta convencerme de que deba ser una línea que defina acciones legales y penales contra personas. Dejo fuera de toda discusión los casos de intoxicación alcohólica o con estupefacientes, que está claro que no se debería proceder. Lo que me preocupa es cuán difuso es el criterio de consentimiento que “debe ser explícito” pero “no necesariamente verbal”.


Legalismo por estadística y las excepciones

La medida está inmersa en un contexto de lo que algunos llaman “la cultura de la violación”, en la que la mujer es vista como un objeto que no puede decidir sobre su cuerpo, y que es más, debe estar disponible para otras personas.  De acuerdo a algunas estadísticas 1 de cada 5 mujeres en las universidades americanas sufrirá acoso o abuso sexual.

Por supuesto que toda medida tiene contrapartidas indeseables, y no pretendo resaltar aquí aquellas que me parecen ridículas como “ella se lo buscó”, “se vistió provocativa”, “no debía andar así” pretendiendo justificar que por su manera de vestir (o su trabajo, como las prostitutas) está bien ejercer coacción sexual sobre ellas. Lo que me preocupa es que la realidad es compleja, y aunque se tilde de excusa estadísticamente no significativa, las falsas denuncias de violación existen.

El hecho de que sea un 2%, un 10% o un 0,02% no significa que debamos juzgar a alguien por estadística, y me temo que esta norma en última instancia estará supeditada, como en la mayoría de los casos, a una situación de “tu palabra contra la mía”, que no se soluciona.

Es difícil pretender que los progresistas no lo analicen desde un aspecto colectivo, pero me cuesta aceptar que deban existir “daños colaterales” (inocentes encarcelados por falsas denuncias de violación) siempre que en los grandes números, la contabilidad dé saldo positivo.

Creo que se comete un mayor daño moral con un inocente está preso que con un culpable libre.

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