Shia LaBeouf es un actor estadounidense de cierto renombre
en Hollywood. Recientemente declaró en una entrevista que fue violado por una mujer mientras efectuaba una performance pública. La performance consistía en estar sentado en medio de un recinto pequeño con una
bolsa en la cabeza. En la bolsa había una inscripción que rezaba “Ya no soy famoso”. En el recinto además había una mesa con diversos artefactos disponibles para los que ingresaban, performance que emulaba en cierta forma a Ritmo 0 de Marina Abramovic.
La mujer ingresó y luego de azotar por 10 minutos al actor, le bajó los
pantalones y procedió a tener sexo con él.
Esto disparó en las redes un debate intenso y acalorado
acerca de los procedimientos, costumbres y paradigmas imperantes en la cultura
moderna occidental respecto a qué separa una violación del sexo consentido. Las interrogantes que surgen son: “si estaba
con las manos libres ¿por qué no se defendió?”, “¿por qué no dijo que no?”.
Paralelamente, el estado de California (EEUU) puso en rigor una
norma en la que las universidades que pretendan recibir fondos públicos debían
implementar una política reguladora de las actividades sexuales que desarrollasen
sus estudiantes. Esta norma hace general una política que ya había implementada en forma
pionera por dos universidades del mismo estado, en la que se define al “consentimiento afirmativo” como a aquella expresión de aprobación en la que debe existir una “decisión
afirmativa, no ambigua y consciente de parte de cada participante en desarrollar una actividad sexual mutuamente acordada”, y que debe ser “permanente” a lo
largo del desarrollo de la actividad.
No, pero sí...
Históricamente el paradigma imperante implicaba el “no es no”,
es decir, lo que definía la violación era pasar por alto la negación explícita
de una parte y forzarla a tener sexo.
Una buena parte de la culpa de las violaciones bajo este paradigma la tiene el
mito de que la mujer dice que no cuando en realidad sí lo desea. Esta
percepción parece estar fundamentada en la manera en que el sexo masculino
interpreta el comportamiento de las mujeres. De acuerdo a los comentarios que hace C. Muehlenhard en su estudio, los hombres tienden más a considerar “sugerentes” a ciertos comportamientos femeninos. Esto es, en el caso del estudio, cuando una mujer le invita a salir, cuando accede a una invitación a ver una
película o cuando el hombre le paga entradas para un concierto. Y estas percepciones no son tan
descabelladas, después de todo es un comportamiento bastante generalizable el que las mujeres
no sean explícitas a la hora de demostrar que le gusta un chico.
Doble rasero
Buena parte de esto tiene la culpa la cultura patriarcal que
heredamos, que sigue la lógica de que los hombres deben tener más libertad
sexual que las mujeres. No falta el iluso (o la ilusa) que se queja de que las
cosas vayan liberándose a medida que pasa el tiempo, bajo la idea de que antes
era todo más bello porque la conquista “era un juego bello” que exigía esfuerzo, que porque “había
lugar para la imaginación” y que hoy ya no porque las mujeres andan "destapadas".
Incluso una idea más generalizada es la de que “las mujeres que se
conquistan fácil, tienen menor valía”, idea combo con la virginidad, bajo la
premisa de que no hacer nada vale más que la experiencia activa. Está claro
que nadie preferiría un novato antes que a una persona experimentada para
efectuar una cirugía, sin embargo se valora más una mujer que nunca tuvo sexo a
una con cierta experiencia, o se valora más a una mujer que rechaza o dificulta
el cortejo de un hombre que a una mujer que se "entrega a la primera". Es decir, valoran más la autorrepresión sexual, e ignoran
que cuando hay que remarla es después de la “conquista”.
Costumbres
generalizadas
Es por esto que la figura del consentimiento para el sexo se
vuelve, cuanto menos, difusa. Nuevamente apelo a Muehlenhard, que en 1991
consultó, siguiendo una línea de investigación, a 403 mujeres lo siguiente: a) si alguna vez en sus vidas habían rechazado un ofrecimiento sexual cuando en realidad sí lo querían; b) si estando en
la misma situación expresaron abiertamente su voluntad de tener sexo.
El resultado es notable: 37,2% de las mujeres dijeron que
habían negado una propuesta sexual aun queriéndola. La razón que deja entrever
el estudio es por la reticencia de estas mujeres a ser juzgadas como “fáciles”
o “putas”. Este porcentaje se alinea con estudios anteriores citados en el
mismo trabajo. Sin embargo, entre las mujeres que lo quisieron, solamente un
36% terminó teniendo sexo por diversas razones. El 64% restante, no.
Aquí nuevamente el detalle es lo que interesa, y es que de entre las
mujeres que terminaron teniendo sexo a pesar del rechazo, el 46,5% de los
hombres continuaron con sus avances sexuales a pesar de que la mujer jamás dio
su consentimiento, más allá de quererlo.
¿Podríamos decir que una negativa explícita significa no
consentimiento? Está claro que en la realidad sucede que hay mujeres que
quieren tener sexo pero verbalizan una negación. Me parece adecuado que el
criterio que define una violación, desde un punto de vista ideal, es el del
avasallamiento de la voluntad de las personas, más allá de la negativa, que en
última instancia no es correcta o es ambigua.
Sin embargo, no disponemos de máquinas o poderes especiales
para determinar qué sucede en la cabeza de una mujer, o de nadie, por lo tanto, la mejor partida es respetar las expresiones de rechazo. Es mejor dejar a una mujer insatisfecha que traumada,
es mejor arriesgarse a parecer poco avezado a ser recordado, cuanto menos, como violador.
Es más, la inmensa mayoría de mujeres
(63%) dijo que siempre que dijo no, era no. Y el 37% restante declararó que
cuando dijeron que no pero significaban sí, lo hicieron de manera MUY infrecuente. Esto ayuda a
despejar algunas dudas. Y también les sirve a aquellos que se quejan de “no
comprender a las mujeres”. Repito, los hombres tienden a sugestionarse con
manifestaciones de amabilidad, amistad, cariño y afecto que no implican
necesariamente que haya una atracción sexual o afectiva (Me consta que esto
último no se lo creen incluso algunas mujeres, más aún si esas demostraciones
son de otras mujeres hacia sus parejas).
“Sí es sí”
Visto todo lo anterior, está claro que es interesante adoptar como ética personal la propuesta californiana. Pero me cuesta convencerme de
que deba ser una línea que defina acciones legales y penales contra personas. Dejo fuera de toda discusión los casos de intoxicación alcohólica o con
estupefacientes, que está claro que no se debería proceder. Lo que me preocupa es cuán difuso es el criterio de
consentimiento que “debe ser explícito” pero “no necesariamente verbal”.
Legalismo por
estadística y las excepciones
La medida está inmersa en un contexto de lo que algunos
llaman “la cultura de la violación”, en la que la mujer es vista como un objeto
que no puede decidir sobre su cuerpo, y que es más, debe estar disponible para
otras personas. De acuerdo a algunas
estadísticas 1 de cada 5 mujeres en las universidades americanas sufrirá acoso
o abuso sexual.
Por supuesto que toda medida tiene contrapartidas
indeseables, y no pretendo resaltar aquí aquellas que me parecen ridículas como
“ella se lo buscó”, “se vistió provocativa”, “no debía andar así” pretendiendo
justificar que por su manera de vestir (o su trabajo, como las prostitutas)
está bien ejercer coacción sexual sobre ellas. Lo que me preocupa es que la
realidad es compleja, y aunque se tilde de excusa estadísticamente no significativa, las falsas denuncias de violación existen.
El hecho de que sea un 2%, un 10% o un 0,02% no significa
que debamos juzgar a alguien por estadística, y me temo que esta norma en
última instancia estará supeditada, como en la mayoría de los casos, a una
situación de “tu palabra contra la mía”, que no se soluciona.
Es difícil pretender que los progresistas no lo analicen
desde un aspecto colectivo, pero me cuesta aceptar que deban existir “daños
colaterales” (inocentes encarcelados por falsas denuncias de violación) siempre
que en los grandes números, la contabilidad dé saldo positivo.
Creo que se comete un mayor daño moral con un inocente está
preso que con un culpable libre.


