lunes, 2 de marzo de 2015

Miasmas monogámicos


En la sociedad tradicional, el sexo cobra un fuerte simbolismo de las relaciones de poder. El hombre en tanto ser activo, de acuerdo a los parámetros que establece la cultura, heredera de la patriarquía, es la cabeza de la familia, poco menos que con poder de vida o muerte, al estilo de los pater familias de la Roma clásica, y se sirve de la monogamia que destila esta lógica de propiedad privada.


La mujer es ser pasivo. En este contexto, el rol del hombre es coger/follar, y el de la mujer es ser cogida/follada. Esta trampa lingüística de alcance general queda en evidencia cuando vemos que un hombre no "es follado", y una mujer "no folla". En algunos contextos, follar implica penetrar. 

La penetración cobra un significado de dominación, el que penetra "invade" al penetrado. Y en el escarceo sexual normalmente implica inmovilizar, dominar a la otra persona para poder penetrarla. Raras veces la persona penetrada es activa en la relación sexual. Normalmente la embestida, el movimiento de pelvis lo hace quien tiene el falo.

Es así que en la cultura general, entre la gente de a pie, las parejas follan en este contexto de poder: el hombre es el que deja manifiesta, muestra, o hace alarde de su condición de poderoso al penetrar a la mujer. Y la mujer se acoge a la sumisión, él es "su hombre". El hombre que se enseñorea, que tiene a la mujer (representada nuclearmente por su vagina, quien accede a la vagina de la mujer, es el que hace uso del dominio sobre esa mujer) por propiedad, "ella es suya", y ella suele responder diciendo "soy tuya", "hazme tuya". Y de la fidelidad se habla de "ser fiel", o "leal" como es leal un vasallo, un subordinado, un soldado. La fidelidad es prístina cuando se habla de una mujer, por cuanto ella reconoce ser propiedad del hombre y no admite que otro la "posea". 

El simbolismo subyacente en el sexo es el que supone que el que coge es dueño y propietario de quien es cogido. Por ello la infidelidad femenina supone una profunda crisis emocional y existencial para el varón clásico: implica que su mujer fue propiedad de otro, su dominio fue violado. Supone una ofensa, una frontal afrenta a su condición de hombre, de potentado, y su virilidad está en duda desde el momento en que "no supo satisfacer a su mujer" y de que "su mujer" no lo "respetó" por cuanto "entregó" esa propiedad que "su hombre" ostenta sobre sus genitales a otro. El violador se alinea a esta lógica por cuanto toma por asalto la propiedad de otro, la forza a ser suya. Y en este contexto violar a un hombre implica arrojarlo a las mazmorras de la esencia, convertirlo en propiedad, despojarlo de su rol activo, ergo de su hombría.

La mentalidad femenina imbuida en este contexto simbólico puede encontrar cierto morbo, cuando "su hombre" le desagrada, le parece pusilánime, poca cosa. Es en este contexto que ella "entrega" el núcleo que define su propiedad, a otro hombre. Así ella se "desliga" del primero, lo humilla, abolla y hace añicos su hombría, con salvaje brutalidad. Manifiesta orgánicamente su desprecio por su hombre. 

Y es bajo esta lógica que surge el concepto de "mujer pública", a quien sin rigor denominan popularmente "puta". Una mujer promiscua "no tiene dueño único", algo así como que es de todos, o de nadie.

La modernidad, en lugar de cambiar este paradigma de la monogamia como sello de propiedad privada, extendió y dió equidad en esa mentalidad patriarcal a la mujer. Ahora es la mujer la que exige fidelidad, es también quien hace ejercicios contables acerca de cuántos "cayeron en sus garras", y disfraza, envuelve en romanticismo expresiones que refuerzan el status de propiedad privada de sus parejas sentimentales: "él es mío y de nadie más". Y cobra cierta lógica comprender la fogosidad del "sexo por reconciliación": del animal interior, de lo más profundo surge el fuego de la necesidad de reafirmar los roles de dominador y de dominado, que estuvieron en peligro. La lógica monógama de desechar a los disidentes emocionales, a los que no coincidieron en los plazos (alguien suele dejar de amar primero). Ven en ellos tambalear su mundo esclavista, de propiedad de personas, de trata de sentimientos. La miseria emocional en una colorida letrina.

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